domingo, 13 de julio de 2014

[Fanfic] Aventuras y desventuras de dos chicos cualesquiera. Capítulo VII: ¿una fantasía?



Capítulo VII: ¿una fantasía?

            Con cautela, sigilosamente, Aran se acercó a la puerta de la biblioteca. La entreabrió y echó un vistazo. Sus amigos aún seguían ahí esperando, a medida que pasaba el tiempo también aumentaba el trasiego de personas por delante de la puerta. Hizo una señal de silencio a Hokuto, se acercó al oído de éste y le susurró con un suave hilo de voz:
            — Haremos esto: en primer lugar saldré a decirles que ‘te he dejado las cosas claras’. Entonces, imagino que quedaran convencidos y espero que satisfechos, porque si no ya puedes empezar a correr.
            Hokuto tragó saliva, le entró un sudor frío por el nerviosismo. Temía que las cosas salieran mal y esos matones acabaran ensañándose con él. Puede que entonces no tuviera más remedio que cantar acerca de lo que había sucedido entre su salida y su vuelta. Pero esos pensamientos eran tan solo conjeturas, así que siguió prestando atención a lo que decía Aran, aunque espetó:
            — No resultas muy reconfortante.
            Aran se rió, confiado de sí mismo, estaba seguro que no iba a ocurrir nada que pudiere poner en peligro a Hokuto y mucho menos a él.
            — Vamos hombre, no te preocupes. No ocurrirá nada. Para que te sientas más seguro, llegado el caso, tienes la salida de emergencia al lado de la ventana, hay una escalerilla como en las películas americanas. Por eso, la he dejado abierta antes, por si acaso; no temas, en caso de que corras peligro, te haría algún tipo de señal para prevenirte. En cualquier caso, escucha, siguiendo con el plan: después de que me los haya llevado hacia otro pasillo, sal corriendo en la otra dirección, baja a la planta baja y dirígete al patio trasero, al cobertizo que hay tras la glorieta. Al lado hay una salida antigua de la academia poco usada, que aún se puede abrir, si no es que alguien ya se ha cerciorado de cerrarla o el óxido ya ha hecho mella en ella. Aunque eso tanto da, espérame allí, en el cobertizo y no salgas bajo ningún concepto. Puesto que está abandonado, no deberías tener ningún problema, además tampoco tiene grandes ventanas. Por cierto, la puerta que te he mencionado da al parque que hay detrás de la academia, así que lo atravesaremos para dirigirnos a la estación de tren más próxima, mi casa no está muy lejos, a un par de paradas.
            — Entendido…
            Ambos se miraron y se echaron miradas de confirmación. Aran se giró y se dirigió a la puerta. Se detuvo, algo lo había detenido. Se volteó y vio como Hokuto, el cual estaba temblando, lo había agarrado de por la parte de atrás de la cazadora. Éste dio pasos, lentamente, y se echó a los brazos de Aran.
            — ¿Qué…?
    Ve con cuidado.
            Aran lo envolvió en sus brazos y los estrechó. Luego se acercó a la cara de Hokuto y lo besó de nuevo, breve pero intensamente. Tras eso, lo soltó, fue a la puerta y salió de la biblioteca. Adentro, Hokuto observó atentamente la escena que se desarrollaba fuera, parecía que Aran estaba saliéndose con la suya, tras hablar unos minutos, los matones, convencidos, acompañan a su cabecilla hacia el pasillo derecho.      
            Cuando hubieron torcido a la derecha totalmente, Hokuto, asustado, tomó aire y salió de la biblioteca como si nada, y tomó el sentido contrario al grupo; siguiendo las directrices de Aran, bajó las escaleras hacia la planta baja, atravesó el vestíbulo y se dirigió a la puerta que daba al patio de atrás de la academia. Se encontró con el magnífico patio de corte europeo decimonónico, como era habitual en los centros educativos de la era Meiji. Vio que tras la glorieta situada en el centro, detrás de la fuente, había un pequeño cobertizo algo destartalado. Avanzó a paso ligero hacia allí, al tomar el pomo notó la mugre aposentada durante años allí encima; era evidente que llevaba años sin usarse. Giró el pomo y entró en aquella habitación oscura, solamente iluminada por un minúsculo ventanuco que ofrecía una vista de la puerta trasera que había mencionado Aran. A parte de eso, el lugar estaba lleno de telarañas, polvo y un montón de trastos de jardinería que no debían usarse desde antes de la guerra por lo menos. Fue cuidadoso de no tropezar con nada y tampoco pisar algo que fuera puntiagudo y afilado, imaginaba que tantos años sin usarse esas herramientas, el óxido las habría convertido en peligros sanitarios en potencia.
            Estuvo esperando un buen rato, se acercó a la luz del ventanuco a mirar la hora en el reloj de pulsera, había pasado más de media hora. Temía por si le había ocurrido algo a Aran, aunque no le había dicho nada acerca de cuánto tardaría, le empezaba a parecer extraño que se demorase tanto. Se sentó en una vieja caja tirada en el suelo boca abajo, asegurándose antes de que no estuviera carcomida para no acabar con el trasero en el suelo por no vigilar.
            Mientras esperaba, estuvo pensando en lo que había ocurrido esa mañana en la biblioteca. Sus pesadillas, o más bien sus sueños, se habían cumplido. Se había besado con Aran y, prácticamente, se hubiera entregado a él si lo ocasión lo hubiese requerido. Ayer mismo se estaba preguntando el porqué del beso con Taiga; el librero le había reconfortado en un momento bajo, por lo que, en cierta forma, Hokuto pensó que aquello se debía a su depresión temporal, lo que le llevó a pensar que quería a Taiga. Pero lo de Aran era diferente, sentía tal atracción, tanto física como mental, hacia ese chico, que empezó a pensar que ya no estaba en sus cabales. Sacudió la cabeza y pensó fríamente, él, en realidad, estaba enamorado de Jesse, pero los últimos acontecimientos habían cambiado totalmente su mapa mental, aquel que guiaba sus relaciones de amistad y amorosas: la aparición de Yuta, la amabilidad de un dependiente de librería, las amenazas de Aran. Volvió a pensar en eso último, en cierta forma, se sentía como si tuviera el síndrome de Estocolmo, sin estar raptado, obviamente. Pero aun así era impresionante lo que sentía por él, Hokuto no sabía discernir si estaba enamorado o no, asimismo tampoco sabía si se podía comparar al amor que sentía por Jesse. Sencillamente, en su cabeza se había formado tal lío, que de tanto pensar en ello le podría haber salido humo como si fuera agua hirviendo en una tetera.
            De pronto se oyeron unos leves golpecitos procedentes de la puerta y ésta se abrió. La luz que penetró en la oscuridad cegó a Hokuto, pero pronto se recuperó para ver el rostro de Aran, reconfortándole.
            — ¿Pero dónde te habías metido? Me preocupabas.
            — Siento haberte hecho esperar. No había manera de sacármelos de encima. Querían que fuera con ellos a celebrar tu ‘derrota’ y al final he tenido que inventarme una burda excusa para poder escabullirme. No veas lo que me he costado, creo que había subestimado el tamaño de sus cerebros.
            Hokuto se rió entre dientes, aunque había temido por lo que pudiera pasarle a Aran, no puedo evitar sacar una risa por ese último comentario. Aran se lo miró extrañado. Al final, acabó comprendiendo de que se reía, sonrió y, con el brazo derecho, posó su mano sobre la cabeza de Hokuto y le revolvió el pelo con fuerza, para molestarlo un poco. Éste se revolvió y agarró la mano de Aran, pero no la soltó, al contrario, se aferró a ella férreamente y se acercó a los labios de quien hasta hacia poco menos de dos horas, había sido su peor pesadilla de las últimas semanas. Empezó a besarlo apasionadamente, se abrazó al cuerpo de Aran como si fuera una lapa, apenas si respiraba por la pasión que estaba poniendo en ese preciso instante. Aran lo correspondió de igual modo, y empezó a manosear a Hokuto por varias partes de cuerpo: el cuello, la espalda, el trasero… Parecía que aquello no tenía fin, ambos no querían ponerle fin a la situación, aunque sabían que debían marchar pronto de allí para no levantar sospechas y tampoco armar mucho escándalo, por el ruido.
            Aran puso su mano sobre los hombros de Hokuto, y lo retiró mientras éste aún estaba intentando besarlo como fuese.
    Deberíamos irnos. Esto podemos hacerlo en cualquier momento. Pero ahora no es prudente. Vayamos a mi casa, saquemos a tus amigos de allí y luego, si quieres, podemos continuar…
            Aran rió, pero al mismo tiempo pensó en la hipotética posibilidad de que Hokuto, al ver a Jesse se retractase de todo lo que había hecho con él. Los besos, los tocamientos, todo acabaría y Hokuto volvería de nuevo a estar de buenas con su ‘novio’. Al pensar en lo que se podía avecinar al llegar a su casa, hizo una mueca de dolor, pero no era físico, sino del corazón, de sus sentimientos hacia la persona que tenía delante.
    Está bien… Vayámonos.
    Bien. Saldremos por la verja que hay justo aquí al lado. No se usa desde antes de la guerra, pero aún se mueve, y lo mejor de todo es que aquí en el cobertizo es donde está la llave.
            Aran sacó su móvil e hizo luz hacía un sitio en concreto de la pared, en donde apareció una clavija de donde colgaba una gran llave oxidada en casi su totalidad. Era una de aquellas antiguas, que parecía de cuento, que servía para abrir la puerta de un castillo o una mazmorra. Su compañero cogió la llave.
    Pues ya está. Saldré yo primero para ver si hay moros en la costa. Si hay vía libre daré picaré tres veces a la puerta, con una breve pausa entre cada una. ¿De acuerdo?
    Entendido.
            Hokuto observó como Aran abría de nuevo la carcomida puerta del cobertizo y entraban rayos de luz que le iluminaron por unos segundos la cara a él y a quien estaba empezando a considerar su amigo y, tal vez, algo más. Al pasar un par de minutos, sonaron tres golpes en la puerta con breves pausas entre medio. Era la señal que le había indicado Aran. Rápidamente, abrió la puerta y vio la verja abierta, Aran lo asió de la mano y se lo llevo corriendo hacía el parque que había tras la academia y que tenía acceso directo con esa puerta. Corrieron sobre la hierba, entre los altos árboles que se hallaban allí desde antes de la construcción de la mayoría de los edificios que ahora rodeaban ese resquicio de naturaleza en la ciudad.
            Ambos corrían mucho, al pasar el parque, continuaron corriendo por las calles, evitando chocar con la gente, y en dirección a la estación de tren. Empezaron a resoplar, pero finalmente se plantaron delante de la estación, entraron y, tras respirar un poco y recuperarse de la maratoniana carrera que se habían echado, empezaron a cotillear las pantallas informativas de los horarios de trenes. Al saber la hora a la que pasaría la línea en dirección a casa de Aran, compraron dos billetes y pasaron al andén, se sentaron en una de las banquetas a esperar a que llegase su tren.
    Parece que ya ha pasado el peligro.
    Sí… que cansancio. Me has hecho correr mucho. No puedo más. Creo que si doy un paso más reviento. Además tengo el corazón en un puño, pensando que podría haber ocurrido lo peor.
    Qué catas…
    ¿Eh? ¿Qué ocurre? Te has callado de repente.
            Aran se había quedado petrificado, no podía articular palabra. Enfrente de ambos había un tren que estaba a punto de partir. Él tenía la vista clavada en una de las ventanas, al mirar Hokuto hacia allí vio a un chico más o menos corpulento, que estaba leyendo algo esperando a salir. Se giró hacia a Aran, pero no lo encontró sentado a su lado. Miró a derecha e izquierda, no lo vio. Se volvió hacia atrás y vio a Aran en el otro anden, contiguo al suyo, escondiéndose tras un plafón informativo. Hokuto lo miró extrañado. Aran había empalidecido y, además, temblaba.
    Oye… ¿estás bien?
   
    ¡Aran, eh!
            Pero no recibió respuesta. Aran se quedó allí parado, temblando, blanco como el mármol y, sobre todo, en silencio, hasta que se fue el tren en el que estaba ese chico al que había estado mirando fijamente por unos segundos. Tan pronto como vio el tren irse a lo lejos, volvió al banco, justo en el momento en que se llegaba su tren. Hokuto se levantó y le puso una mano sobre el hombro.
    Aran… ¿Te encuentras bien?
    Sí… Subamos. Te lo cuento de camino, con más calma.
    Vale…
            Subieron al tren, unos de nueva gama que estaba sustituyendo a los antiguos, que se habían quedado obsoletos. Tuvieron suerte en encontrarse en la segunda parada del trayecto de línea y se sentaron en dos asientos el uno junto al otro.
    ¿Me puedes contar qué demonios pasa? ¿A qué tanto misterio? ¿Quién era ese chico de la ventana, que al verlo te has quedado blanco como un cadáver?
    Shintaro…
    ¿Eh? ¿Shintaro? No me suena.
    Lo apodan el “Diablo Morimoto”.
            Hokuto se quedó de piedra, reconoció ese apodo al acto. Cayó en la cuenta de que si quien les llega a ver es precisamente Morimoto, entonces ya ambos podrían darse por muertos, en especial Aran, el cual, al fin y al cabo, lo había traicionado. Empezó a tener tembleques en las manos y le cayó una gota de sudor frío. Intentó recomponerse, pero esas dos palabras habían bastado para provocar en él montones de sensaciones negativas, de horror, miedo…
    Ahora entiendo el porqué de todo. Aunque dudo que nos haya visto, estaba ensimismado mirando un libro. El tren ya estaba ahí cuando llegamos, así que ni en broma puede habernos visto desde el andén, y dudo que fuera a fijarse en la gente de fuera, ¿no?
    No lo sé. Yo coincido contigo. Probablemente no nos haya visto. Además, ahora no vale la pena pensar en eso. Mira, de verdad, lo he pasado fatal. Lo pero de todo no es que lo pudiera pasarme a mí, sino a ti. No me perdonaría nunca que te llegara a pasar algo. Al fin y al cabo, desde le principio, fui yo quien empezó a meterse contigo…
Aran agachó la cabeza en señal de arrepentimiento, su cara se entristeció y sus ojos se volvieron vidriosos, a punto de caramelo para que estallaran en un mar de lágrimas. Hokuto lo miró, en cierta forma comprendió el comportamiento de Aran. Lo culpaba de ello, pero, aun así, no podía enfadarse con él. No ahora, después de lo que había hecho por él. Lo que en realidad pretendía hacer desde un principio. Pero pensó “Entonces, todo ese rollo de los deberes, el martirizarme todos los días con amenazas, ¿por qué? ¿Ahora se arrepiente?”. No pudo soportarlo y espetó.
    Bueno, no te voy a quitar la razón. La culpa es tuya. Durante semanas me has estado tratando como si fuera una mierda en tu camino, una espina en tu costado. Me has amenazado, maltratado psicológicamente, y además no lo has hecho solo. Sinceramente, sigo preguntándome por qué has tenido que tardar tanto en revelar tus verdaderas intenciones. Es más, aún desconfío un poco de ti… Lo siento Aran, me rompe el corazón verte en este estado, a punto de llorar, pero… yo también he pasado lo mío. ¿Esperabas que con un par de besos y un manoseo iba a olvidar todo por lo que me has hecho pasar?
            Aran no levantó la cabeza para nada. Permaneció en su asiento, en silencio. No se atrevía a justificar o contradecir nada de lo que había dicho Hokuto. Todo era cierto, él se había atrevido a molestarlo desde el primer momento, y poco después se dio cuenta de su gran error. Pero a pesar de eso, no se atrevía a decirle la verdad a quien estaba torturando psicológicamente y continuó con el martirio hasta que encontró el momento adecuado para desvelar su secreto. Hokuto se dio cuenta de que no obtendría respuesta y, como Aran, decidió también callar. Hubo unos momentos de absoluto silencio entre ambos, solo se escuchaban conversaciones ajenas, y el traqueteo que iba haciendo el tren al ir por las vías. Se formó cierta tensión, Aran estaba demasiado nervioso y avergonzado como para atreverse a pronunciarse, mientras que Hokuto, que había descargado toda su rabia, apenas tenía la cabeza para pensar en algo y menos para iniciar un tema de conversación para calmar el ambiente.
            De pronto, sonó el sonido de próxima estación y salió anunciada la de Aran, quien se percató enseguida de ello. Se levantó e hizo una seña a Hokuto para que se levantara también. Ambos estaban muy incómodos, al bajar del tren y dirigirse a la calle, la situación no varió, y tampoco lo hizo cuando salieron a la plaza de enfrente de la estación. Aran empezó a andar lentamente un poco cabizbajo, así lo hizo para que Hokuto lo siguiera fácilmente y evitar tener que cruzar palabra con él. El otro, se puso detrás y empezó a andar por la calle tras Aran.
            Hokuto fue observando los edificios a lado y lado de la ancha avenida, la mayoría eran edificios de tamaño medio, con unos cinco o seis pisos como máximo. La zona, en realidad, parecía un suburbio, no tenía demasiado buen aspecto. Le sorprendió que Aran, que iba a su misma academia, viviese en ese lugar.
            De pronto, Aran se paró frente a una de las pocas casas que había de planta baja en la avenida. Con una fachada sencilla en color gris azulado, una sola ventana de gran tamaño con barrotes, y una puerta exterior, por la cual se accedía a la puerta interior subiendo por un gran escalón de granito. De pronto, Aran se giró.
            — Bienvenido a mi casa…

1 comentario:

  1. No me hagas esto, estoy que muero por saber qué pasa TwT desde el día en que lo compartiste leí el capítulo esperando algo TwT sólo espero que lo continúes, no importa el tiempo *-* pero en serio muero por la continuación <3

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